De la playa
Esta primera sección comienza mostrándola a ella frente a la inmensidad del mar, en un plano general muy abierto, análogo a la pintura de C. D. Friedrich Monje a la orilla del mar (1810), pináculo del romanticismo. Exaltación de las pasiones; defensa de la búsqueda trágica de la libertad, idealismo extático, abandono. Ella, tras haber partido, llega a este puerto, primera estación de su no-viaje; tomó el paso decisivo, abrió el telón, y ahora los mares la contemplan a ella, como preguntándole, hacia dónde.
‘¿Por qué me fui?’
En el I Ching, el agua representa el símbolo de lo abismal, aquel abismo en el cual podemos ahogarnos y que nos conduce, sin embargo, hacia la libertad. ¿Por qué estamos dispuestos a entregarnos a este peligro?
Verdaderamente, existe lo desconocido. En la contemplación hacia el abismo, está en cuestión el cambio, la pérdida de la identidad; quizás la renovación total, como la serpiente muda su piel. El cambio es siempre propiciado por la humedad. Estas aguas invitan al embarque, a la eternamente soñada posibilidad de dejarlo todo y naufragar “sin rumbo ni fin”; ellas avivan el fuego interno del espíritu, de la inquietud, de inminente acción. Como si por fin pudiéramos decir una palabra verdadera.
“La palabra primordial Yo-Tú sólo puede ser pronunciada por el ser entero.”
(Martin Buber, Yo y Tú)
El viento nos cambia el ademán y el color de la piel a lo largo del camino, hasta que, de pronto, arribamos: una playa nos recibe.
“Mas hacia el extremo del puerto hay un olivo cubierto de follaje
y cerca de éste, una agradable gruta brumosa,
lugar sagrado de las ninfas llamadas náyades.
En ella hay cráteras y ánforas
de piedra; pues bien, allí las abejas fabrican miel.
En ella hay muy gruesos telares de piedra, en los cuales las ninfas
urden tejidos purpúreos como el mar: ¡espectáculo de ver!”
(Porfirio, El antro de las ninfas en La Odisea)
El laurel -como el olivo de Homero- se presenta: ritual, anunciación, invitación. “[...] constituye en sí mismo el enigma de la gruta. [...] fue plantado cerca de la gruta, imagen del cosmos, como símbolo de la prudencia de Dios”. Cual ofrenda, aparece el Verde, primer contraste con el azul marítimo, anticipando el paso hacia la profundidad de la tierra, llamando a los presentes a un mayor recogimiento.
“Surge la calma (...) La ausencia constante de movimiento es una cualidad que actúa benéficamente sobre los hombres y las almas cansadas, pero al cabo de un tiempo de descanso, puede resultar aburrida.”
(Vasili Kandinski, De lo espiritual en el arte)
Posteriormente, ella parte al interior de la tierra, atravesando la arena, hacia una gruta: “Fuimos hacia allí, hacia la gruta cubierta.” “Es agradable en el exterior y superficialmente, mientras que en el interior y en lo profundo es brumoso”. Es la entrada al cosmos donde tomará forma el devenir de su camino.
Finalmente, sin saber cuándo volveré a sentir este mar, me marcho.
Armo mis cosas y me voy, no sin antes saludarte, elemento de la pureza.
El Sol no amaneció en los cielos hoy.
Y aún así, previo al alba, desperté para ver, en el eterno horizonte, la primera luz.
Mi sentimiento más profundo,
amor incontrolable a tu bruma,
desde siempre…
Ya nos volveremos a ver, pronto…
Y nos acordaremos, ya lejana,
la última vez que nos saludamos.
“(...) tomaron lo acuático, húmedo y oscuro -y, como bien dijo el poeta, lo ‘brumoso’ - de las grutas como símbolo de lo que está relacionado con el cosmos a través de la materia”
La pureza en la imagen es absoluta: no hay alteración alguna de la capturada cuando se rodó la escena. Una de las tantas metas de la creación artística es lograr lo buscado, respetando la filosofía presente - y esta, en defensa de ideales nobles, como la no-alteración de la imagen que puede verse en la obra finalizada.